domingo, 22 de febrero de 2009

AL ALTAR A LO RUNA

Tomada de la edición impresa del 15 de febrero del 2009

FOTO: CARLOS POZO

El escenario de este matrimonio indígena es la comunidad de Tunibamba, a 20 minutos en carro, desde Cotacachi.

Imágenes

Al altar, a lo indígena

El matrimonio indígena combina tradiciones ancestrales, colorido y misticismo.


El matrimonio indígena combina tradiciones ancestrales, colorido y misticismo. Aunque los casamientos católicos han subyugado a los más jóvenes, lo cierto es que esta celebración (a la que muy pocos occidentales tienen acceso) se resiste a desaparecer. Los consejos de los padrinos, los banquetes que se sirven, una cierta inocencia de los novios son aspectos distintivos de esta.

Carlos Pozo, se inició en la fotografía con estudios en la Universidad San Francisco de Quito y en la Alianza Francesa. Actualmente es fotorreportero del diario El Telégrafo.

MEMORIAS DEL FUEGO

ENTREVISTA > UNA CHARLA CON LA ANTROPOLOGA FRANCO-ESTADOUNIDENSE ANNE CHAPMAN

Memoria del fuego

Desde que fue invitada a formar parte de un equipo de investigación en Tierra del Fuego durante 1964, Anne Chapman se dedicó a documentar la vida de los selk’man, también conocidos como onas. Incluso logró una amistad con Lola Kiepja, una chamana que murió en 1966 y a quien se considera la última selk’nam que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo. Ahora Chapman es la curadora e investigadora de una muestra fotográfica, histórica y antropológica llamada El fin de un mundo-Los selk’nam de Tierra del Fuego, una extraordinaria y definitiva exposición que cuenta la historia de los aborígenes fueguinos con imágenes, películas y textos.

Por Angel Berlanga/ Página 12/ 22 de febrero de 2009



Siempre que miro la luna llena veo la cara de Kiepja.” Así comienza el poema que Anne Chapman escribió cuando murió Lola Kiepja, la última selk’nam (ona) que vivió gran parte de su existencia con las costumbres de su pueblo. Todavía hoy cuando habla de ella, o del puñado de aborígenes descendientes con los que trabajó y anudó amistad, a esta antropóloga se le conmueve un toque la voz. Se apuesta: no va a gustarle mucho leer esto último, porque Chapman parece rehuir de lo que pueda emparentarse con los bordes gastados de la sensiblería y la solemnidad. Si se le pregunta, por ejemplo, por qué se dedica a este oficio, dice: “Ah, responder eso no tiene ningún fin”. Vale más fijarse en lo que ha hecho, entonces, a lo largo de sesenta años de trabajo: una pista de eso podrá verse a partir de este jueves en el Centro Cultural Borges, cuando inaugure con una charla la muestra El fin de un mundo-Los selk’nam de Tierra del Fuego, una serie de fotografías que retratan, a lo largo de casi un siglo, una etnia desaparecida a cuenta del progreso de la civilización occidental y cristiana.

“Con esta exposición quise hacer una historia de los selk’nam con imágenes y textos –dice Chapman en su departamento de Belgrano–. Es la primera vez que lo hago, y como no siempre se hicieron grabados, ni hay fotos de todo, el trabajo se dificulta. Empiezo con Magallanes, que en su viaje ve fuegos, en las orillas; hay un dibujo de entonces en el que se ve a un individuo sentado que está tragando una flecha: yo sé que eso fue un ritual selk’nam, pura magia chamanística. Luego se la quitaban por alguna parte del cuerpo. Pero a veces... Tengo una historia, de la gente que conocí, que me contó el caso de un chamán que se sangró y murió.” En 1580 Sarmiento de Gamboa los avistó y se sorprendió por su estatura: aludió a ellos como “gente grande”. Tres siglos más tarde desembarcaron los buscadores de oro, los gobiernos de Argentina y Chile se dividieron la isla y repartieron las tierras entre los amigos estancieros de ayer y de (casi) siempre. Cría de ovejas. Para los selk’nam fue el principio del fin. En cincuenta años, consigna Chapman, la población se redujo de 3500 o 4000 a menos de cien.

Las fotos que se exhiben son extraordinarias. Están las de Martin Gusinde, el etnólogo alemán que escribió una obra monumental sobre los pueblos originarios de la isla (yámanas, haush y alakalufes, además de selk’nam), el único blanco que asistió a una ceremonia completa del hain, en 1923, en la que registró imágenes fabulosas de las figuras de este ritual de iniciación; está el rumano Julius Popper en 1886, rifle en diestra, tres secuaces que apuntan al horizonte rodilla en tierra, un selk’nam desnudo y muerto a sus pies; están las que los muestran apiñados en las misiones religiosas, alternativa para no morir de un balazo, cobijo piadoso a cambio de trabajo duro y del contagio de enfermedades mortales contra las que no estaban inmunizados, y están las que sacó la propia Chapman, sobre todo a Kiepja en sus dos últimos años de vida: murió en octubre de 1966. Para entonces quedaban en la isla trece descendientes mayores de cincuenta años, cuyos padres, señala la antropóloga, “eran en su mayoría blancos o mestizos”.

Lola Kiepja en 1966. Foto Anne Chapman.

LA ULTIMA NATIVA

En París, en 1964, la arqueóloga Annette Laming-Emperaire le ofreció formar parte de un equipo de investigación en Tierra del Fuego; por entonces Chapman hacía trabajos de campo en Honduras con los tolupanes –una etnia más antigua aún que los mayas– en un proyecto dirigido por Claude Lévi-Strauss. A fines de ese año conoció a Lola Kiepja; pasó junto a ella tres semanas en 1965 y tres meses en 1966, poco antes de que muriera. Chapman grabó diálogos, cantos y vocabulario en general de Kiepja, que era chamán, tenía un profundo conocimiento de su cultura y algo hablaba en castellano. Por entonces tenía entre 85 y 90 años y vivía sola, cerca del lago Fagnano, en una casa-choza. La impresión más recurrente que se le aparece de ella es, dice, su vivacidad: “Tenía gran entusiasmo y alegría cuando hablaba de su pasado. Eso a pesar de que sus doce hijos habían muerto. A pesar de las grandes tragedias de su vida, cuando empezaba a cantar o contar algo se movía alegre. Habilidad de sobreponerse a su destino, por decirlo así”.

“Era una persona muy excepcional, en el sentido humano. Kiepja realmente se entusiasmó conmigo, me iba a enseñar el idioma –sigue Chapman–. Conocerla fue una gran experiencia en mi vida. Ella ya no estaba muy bien de salud, caminaba con bastón. Pero me proponía ir caminando a lugares distantes muchos kilómetros. A lo último no quería dejarla sola, pero no pude convencerla para que fuera a vivir con algún vecino cercano, donde sabía que iba a tener más atención. Por eso me preocupé para que un enfermero fuera a verla cada dos semanas. Pero usted sabe cómo son estas cosas...” Un peón de estancia chileno la encontró grave y la llevaron al hospital de Río Grande. “No sé cuántos días después, falleció –dice Chapman–. La bañaron, lo que debe haber sido algo humillante para ella. Ya sabe, el reglamento de estos sitios. Me da pena, también, que le dijeran que yo estaba ahí.” Fue el argumento que encontraron para llevarla al hospital.

La muerte de Kiepja la hizo pensar en desistir sus investigaciones sobre los selk’nam. Pero al año siguiente, cuando volvió para traducir lo que había grabado, encontró que Angela Loij, amiga de Lola, conocía mucho de sus antepasados. “Fue de madre y padre selk’nam, y gracias a ella pude continuar mis estudios sobre esta cultura”, dice Chapman en Vida y muerte en Tierra del Fuego, el documental que hizo junto a Ana Montes en los ‘60 y los ‘70, que también se exhibirá en el Borges. “Cuando Angela nació, a comienzos de siglo, los blancos ya habían destruido el modo de vida indígena –apunta–. Pero creció entre su gente, y convivió muchos años con las ancianas indígenas en la misión salesiana de Río Grande. Creo que se sentía selk’nam, aunque era demasiado tarde para ser selk’nam. Murió repentinamente en mayo del ‘74.” En 1967 Chapman también conoció a Federico Echauline, un mestizo –su padre fue un navegante noruego– que había sido iniciado en el hain y trabajó en estancias toda su vida. “Era formidable, muy inteligente y sabía mucho de los selk’nam”, subraya Chapman, que poco a poco fue haciéndose amiga de otros informantes mestizos que manejaban la lengua y conocían de la cultura de la etnia. “Todavía hay descendientes, pero están fuera de las tradiciones: no lo vivieron, no saben. Están reclamando tierras, y está bien. Consiguieron un terreno en la cabecera del lago Fagnano, tienen sus cosas ahí.”

Espíritu de Halaháches en el Hain. Foto de Martin Gusinde, 1923.

MUJERES EN LLAMAS

Anne Chapman nació en 1922 en Los Angeles. A los veinte ingresó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en México, aprendió trabajos de campo en Chiapas y obtuvo un magister en Antropología; en los ‘50, en Nueva York, se doctoró en Columbia University; en 1967 consiguió otro doctorado, esta vez en la Universidad de París; en 1981 fue distinguida con el Doctorat d’Etat, el grado académico más alto en Francia. Una formación descomunal a cuyos detalles –que esbozan una dimensión– prefiere bajarles el perfil durante la charla y también en las solapas de sus libros: en el sitio donde suelen enmarcarse las medallas más doradas, Chapman elige mencionar maestros, artículos, temporadas de trabajo de campo, rescate de testimonios de los últimos sobrevivientes de culturas arrasadas. Un rasgo que, quizá, tenga alguna conexión con la segunda parte de su respuesta a la pregunta del principio: ¿por qué se dedica a esto? “Yo simpaticé con mis profesores en México, y quería saber más –dice–. No pensaba hacer una carrera de etnógrafa. Mi interés vino por la parte indígena, no exactamente intelectual. Después sí. Pero al principio fue simpatía, simpatía.”

Desde 1969 hizo largas expediciones a caballo por Tierra del Fuego. En 1982 encontró el primer sitio prehistórico de los indígenas fueguinos, un asentamiento yámana en la Isla de los Estados; tres años más tarde empezó a trabajar con las últimas cuatro mujeres sobrevivientes de esa etnia que hablaban la lengua y tenían vivencias de la cultura originaria. Tiene escritos varios libros: hace un par de años se reeditó aquí Los selk’nam-vida de los onas. También publicó Fin de un mundo y Hain -ceremonia de iniciación. Acaba de terminar, además, Cuatro siglos de los yámanas, editado por la Universidad de Cambridge. Y en unos meses Emecé reeditará Darwin en Tierra del Fuego. Chapman tiene unos cuantos proyectos: el Conicet chileno le financia la publicación de una historia sobre la Abuela Julia, una yámana rebelde: “Murió en el ‘58, antes de que yo llegara a la región –dice Chapman, y enciende un segundo cigarrillo–. Sobre ella me contó cosas fabulosas Cristina, una yámana que todavía vive. Lo importante es que resistió lo más posible: no quiso hablar español ni nada de ellos. Se fue de la misión en canoa, un viaje de dos meses con su perro, para aislarse, porque no le gustaba esa vida, ni tejer, ni nada de lo que le querían enseñar. Fue, además, la mejor informante sobre su cultura para Gusinde”. Quiere hacer una película con su historia, pero a eso ya lo ve más difícil de instrumentar.

Dice que tiene suerte, que nunca se enferma. ¿Tiene que ver con su temperamento, con su mentalidad? “No es un atributo mío, es un don de Dios”, sonríe. En todo caso, muy apropiado para largas travesías y trabajos de campo. “Darwin se enfermaba todo el tiempo, sufrió mucho malestar”, señala. “Yo creo que si tengo buena salud ahora es, en parte, porque soy vegetariana –plantea–. Y en parte porque he tomado muy poca medicina. Todos conocemos los dobles efectos de la medicina: a veces es más peligrosa que la enfermedad. Pero si le salva la vida, a veces uno asume el riesgo.” ¿No se toma un analgésico si le duele la cabeza? “¡No! Café y un cigarrillo, nada más. Pero no le diga a nadie, porque es muy mala noticia para jóvenes, muy mal ejemplo.”

“Todavía tengo muchos datos que nadie tiene sobre los selk’nam, y preparar eso me va a llevar un poco de tiempo”, dice. Entre otras cosas, tiene hecha una genealogía de 3000 miembros. “Los yámanas no eran guerreros, pero ellos sí –explica Chapman–. Y también se mataban entre sí: el prestigio del guerrero era importante. A Lola, que estaba casada con un haush, una vez la persiguió un grupo en el que por suerte para ella estaba un primo: la salvó de que la secuestraran o la mataran. Eran guerreros y por eso tratan de defenderse de la invasión de los blancos lo mejor que pueden. Cuando los estancieros cercan los campos para pastoreo y empiezan a escasear los guanacos –su principal alimento–, porque huyen o porque los mismos blancos los matan por las pieles o para darles de comer a los perros, los selk’nam matan ovejas. Ahí cambia la política de los estancieros: los persiguen y los matan. Frente al arma de fuego no tienen defensa: sólo usaban arco y flechas, que además no eran venenosas. Desde el punto de vista de los blancos eran ladrones. Y había que deshacerse de los enemigos del progreso y el Estado.”

Chapman dice que, salvo en algunas áreas gubernamentales y organizaciones, nota poco interés social por los aborígenes. “No digo discriminación, pero es como si dijeran ‘gente pobre, para qué molestarse por ellos, ya tenemos demasiados problemas’. Pero tanto a los fueguinos como a los mapuches, o a los del Chaco, hay que reconocerles qué pasó, sus méritos, entender qué era la vida en aquel entonces, y tratar de traducirlo en lo que están exigiendo algunos, como los que están tomando sus territorios en la Patagonia, ¿cómo se llama el italiano éste?... Benetton. No se trata sólo de darse cuenta de lo que pasó. Hay que ver lo que existe hoy en día. No es sólo memoria, también es conciencia política. Se parte de eso para compartir la actualidad. Eso es esencial.”

Para mayo tiene previsto montar otra muestra en la Biblioteca Nacional. Luego de eso volverá a París. Pero antes, en marzo, viajará a Tierra del Fuego. “Fui por última vez hace diez años, porque se me acabó mi gente, no tenía dónde ir: en 1999 murió mi gran amigo Segundo Arteaga”, dice; fue el último mestizo selk’nam que le dio información. En Ushuaia dará un par de charlas; está ansiosa, sobre todo, por encontrarse con Ester, la hija de una selk’nam que a fines de 1964, cuando era una niña, la acompañó a conocer a Kiepja. ¿Sueña con Kiepja? “No, soñaba”, dice. ¿Qué? “Ah, es un poco especial eso. Que la casa de ella se estaba quemando. Que yo la buscaba y no sabía dónde estaba. Y bueno, logro entrar y la encuentro. La llevo sobre mi espalda. Está viva. Pero el fuego avanza y avanza y finalmente las dos caímos. En las llamas.” Ahí despertó. “Si no la hubiera conocido no habría venido nunca”, dice. “Pienso mucho en ella.”

El fin de un mundo-Los selk’nam de Tierra del Fuego se puede visitar del 26 de febrero al 22 de marzo en el Centro Cultural Borges, Viamonte esq. San Martín. Bs Aires.

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sábado, 21 de febrero de 2009

Achuar: lo femenino y masculino en la selva

Achuar: lo femenino y masculino en la selva

Publicado el 21/Febrero/2009 | 00:04

La comunidad Achuar está ubicada en las orillas del río Pastaza, cerca del Perú

Son las 12:00. La temperatura bordea los 40 grados. La comunidad achuar de Sharamentsa, asentada en las orillas del río Pastaza (cerca de la frontera con Perú), está en asamblea.

La casa comunal alberga a sus 103 habitantes. Es una edificación amplia, sin paredes, hecha de madera de bálsamo y de caña y cubierta de hojas de turuji entretejidas que aplacan el calor.

La reunión está presidida por el síndico y sus cuatro colaboradores, elegidos por su aptitud de liderazgo y bravura. El resto de los hombres rodea al síndico. Mientras, las mujeres se ubican detrás de ellos.

En la comunidad, el rol de hombres y mujeres está definido. Marco es el proveedor del hogar a través de la pesca y la caza. Para ello, el joven de 24 años fabrica sus propias herramientas. Una bodoquera (caña cilíndrica por la que se expulsan dardos) y una red son fundamentales, aunque su rifle facilita la tarea.

Mientras tanto, su esposa, Mercedes, debe permanecer en la vivienda para preparar los alimentos. Esta es una tarea exclusiva de las mujeres al igual que la preparación y el servicio de la chicha, hecha a base de yuca y camote.

En la asamblea, los hombres discuten sobre la visita de unos estudiantes alemanes que llegan a conocer la biodiversidad de la región. Ellas, mientras tanto, no pueden dejar de repartir chicha hasta que sus esposos decidan que es hora de dormir.

Los achuar son una cultura que se extiende hasta el Perú. "Mi primo vive al otro lado de la frontera. Viene cada vez que tenemos una fiesta", cuenta Rafael (24). Es común que las familias

La enseñanza está a cargo de los padres. La madre en el caso de las niñas y el padre con los niños. Los preparan para el matrimonio.

Con 10 años, una niña ayuda lavando la ropa de la familia, cuida a sus hermanos y ayuda en la cocción de la chicha. Los varones, en cambio, salen con sus padres a cazar.

La jornada diaria empieza a las 04:00, cuando la familia se reúne para planificar las tareas o resolver problemas. Los ancianos son los llamados a dar consejos a los jóvenes.

Otra particularidad de la cultura achuar es la poligamia. Un hombre puede tener las esposas que desee. En promedio, cada familia tiene 10 hijos.

"El trabajo del hogar es compartido entre las esposas. Además, se garantiza la descendencia", dice Jorge. (GM)
estén divididas por la frontera, a 10 minutos de viaje en avioneta.

Sus costumbres


Las actividades inician a las 06:00. Con la escasa luz, los esposos salen a trabajar la chacra que les provee de yuca y verde.

Cada familia vive de la caza y la pesca, aunque la falta de animales en la región dificulta la tarea y les ha obligado a modificar su gastronomía.

Los achuar ocupan alrededor de 700 hectáreas en el país, pero sus comuneros también habitan en el Perú. Para ellos no existen fronteras.

Para ingresar a Sharamentsa, hay que tomar un vuelo en la ciudad de Mera. El viaje dura aproximadamente 45 minutos.

Hora GMT: 21/Febrero/2009 - 05:04

Dos tipos de medicina en un solo espacio

En Jambi Huasi se practican técnicas ancestrales y contemporáneas para la atención en salud.

Antecedentes


En 1974 se crea la Federación de Indígenas Campesinos de Imbabura (FICI).


En 1984, se crea el área de salud de la FICI, Jambi Huasi, cuya primera fase funciona hasta 1992, año en que fue cerrada por falta de financiamiento.

A partir de 1995 se emprende la segunda fase.



María Elena Arroyo llegó a Otavalo hace ocho meses para hacer su año de medicina rural en la casa de salud Jambi Huasi, el subcentro a cargo de la Federación de Indígenas Campesinos de Imbabura (FICI), y desde un principio se vio sorprendida por el peculiar funcionamiento del sitio.

Junto con el servicio de medicina general, gineco-obstetricia, pediatría, odontología, enfermería y farmacia, funcionan otros de medicina indígena como el kuy fichak (diagnóstico con cuy), la mamahua (partera), el yachack (sabio curandero) y la fregadora.

Hasta allá llegan pacientes de más de diez comunidades para hacerse atender por alguno de los especialistas en las dos áreas. “Nunca había visto un subcentro que junte ambas” dice Arroyo, mientras reflexiona, “esto es algo bueno, ya que por su cultura, el concepto que en la población indígena se tiene de enfermedad difiere mucho del nuestro”.

La labor de Arroyo en el Jambi Huasi, además de atender el área de medicina general y control prenatal, es la de hacer supervisión general y seguimiento de los pacientes en todas las áreas, complementando de esta forma las prácticas ancestrales.

“Un día llegó un paciente con fractura, que quería atenderse con la fregadora” cuenta la doctora. “Allí le hicieron un vendaje, pero yo tuve que complementar la revisión con una radiografía para luego enyesarlo”.

A través de este ejemplo, se puede apreciar la complementariedad total entre las dos prácticas de la que habla el director encargado de Jambi Huasi, José Farinango, quien explica que la razón para que muchas personas no encuentren mejoría en la medicina científica de occidente, es que sus dolencias se originan por desequilibrios emocionales o problemas afectivos que el paciente maneja de mejor manera cuando se le aplica algún tratamiento alternativo.

Según María Elena Arroyo, la experiencia que tiene la gente que practica la medicina ancestral les favorece mucho; “yo he visto a Mama Juanita (la fregadora) reducir fracturas o acomodar huesos luxados… a Mama Conchita (la partera) la he visto atender con éxito partos en casa”; aunque añade que siempre se están monitoreando todos los casos a través de controles médicos.

Aunque Jambi Huasi fue pensado, en principio, por y para la población indígena de las comunidades imbabureñas, hoy en día reciben pacientes de todas las etnias, con una demanda creciente de la población mestiza. Farinango apunta que “el 70% de los pacientes que se atienden con los médicos del Ministerio son indígenas e igual porcentaje de mestizos optan por la medicina ancestral”.

Mama Conchita, la partera que ha trabajado allí desde 1984, dice haber atendido del mismo modo a indígenas, mestizos y pacientes afro. Ella se especializa en partos verticales, corregir la mala posición del feto en el vientre materno, y hacer encaderamiento posparto (una práctica ancestral que consiste en reacomodar el útero luego del alumbramiento y que sirve como método anticonceptivo).

Además de la atención en la casa de salud, los médicos de Jambi Huasi forman brigadas para atender las comunidades que están alrededor del lago San Pablo. De acuerdo con Darwin Tama, coordinador del subcentro de salud, la frecuencia de las brigadas es de cerca de una por semana.

A estas brigadas asiste un equipo conformado por un médico general, los internos y algunos estudiantes de medicina de la universidad de Chicago, quienes llegan a “Jambi Huasi” por determinados períodos de tiempo a través de los convenios que la casa de salud mantiene con diferentes fundaciones a nivel internacional.

Jambi Huasi lleva a cabo un proyecto avalado por el Ministerio de Salud cuyo objetivo es implementar la práctica del parto vertical en el hospital San Luis, de Otavalo. De acuerdo con José Farinango, al principio hubo resistencia por parte de los médicos del hospital.

Hoy en día el proyecto ha avanzado tanto que “el Ministerio ha asignado recursos para crear la Casa Materna anexa al hospital”, una especie de servicio de hospedaje para que las familias de las distintas comunidades vayan a Otavalo a acompañar a las futuras madres durante el alumbramiento con el método ancestral, el cual sería impensable sin la presencia de la familia.

El Ministerio de Salud cuenta, para este tipo de iniciativas, con la Dirección Nacional de Salud Interculural, cuyo objetivo es promover el reconocimiento de los saberes y prácticas de las medicinas tradicionales en el ámbito político, cultural, académico e institucional.

Luis Fernando Calderón, coordinador del programa, señaló que en 2008 se contó con un presupuesto de US$ 1’800.000 para este ámbito. “La Dirección Nacional de Salud de los Pueblos Indígenas fue creada en 1999 y en 2003 se estructura dentro del Ministerio de Salud como subproceso de medicina intercultural”, dijo Calderón.

Según María Elena Arroyo, la importancia del funcionamiento de Jambi Huasi es que “el compartir ambos saberes hace que la población tenga una mejor educación en salud, ampliando su visión, sin que dejen de lado la esencia de su cultura”, logrando de esta manera cosas que antes eran difíciles como “el convencerles de que se tomen un jarabe o que se dejen atender por el médico”.

JOSÉ FARINANGO

Director encargado de Jambi Huasi


“El 70% que se atiende con los médicos del ministerio son indígenas e igual porcentaje de mestizos optan por la medicina ancestral” .
Javier López Narváez

Reportero

Mestizos e indígenas se unen en el Sisay Pacha

Celebración

El ritual del Tumarina es una de las celebraciones representativas del Sisay Pacha.

Mestizos e indígenas se unen en el Sisay Pacha

Otavalo. Por cuarta ocasión se celebrará la fiesta del florecimiento o mejor conocida como Sisay Pacha en la parte urbana del cantón, los eventos deportivos y culturales marcarán del 20 de febrero al 8 de marzo la festividad.

Origen Rafael Maigua Quinche, el mentalizador del evento, al observar que las fiestas del florecimiento se celebran con más fuerza en las comunidades y no en la parte urbana decide hace cuatro años organizar actividades deportivas y culturales, escogiendo siempre a una persona mestiza como padrino de la fiesta, para vivir un verdadero proceso de interculturalidad.

Los organizadores del Sisay recalcaron que las diferentes programaciones no son una competencia con los demás eventos que se ejecutan en las comunidades, sino una forma de integración entre la gente mestiza e indígena, con la finalidad de revivir la tradición que los antiguos tenían para festejar el Carnaval.

Presentación Ayer en el salón máximo de la Municipalidad se realizó la presentación oficial del afiche de la fiesta y la presentación de las candidatas, el evento contó con la presencia de las autoridades del cantón y con Pablo Velasco, elegido padrino de este año.
Dentro de la festividad se desarrollarán eventos deportivos donde los ganadores al final recibirán la copa Rumiñahui, mientras que en lo cultural las actividades de mayor realce serán el ritual del Tumarina a realizarse el próximo martes y el 28 de febrero la elección de la Sisay Pacha Ñusta 2009.
"La juventud de hoy debe conocer estos eventos culturales para que nos ayuden a mantener y difundir estas tradiciones que lastimosamente con la aculturación acelerada están desapareciendo", dijo Fausto Andrango, coordinador del Sisay Pacha.

Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009


Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009





Eleccion Ñusta Pawkar Raymi Peguche 2009






Concierto de Robert Mirabal en Otavalo